La verdad, a veces, es lo que sirve para algo, esto le da cierta entidad, todo lo objetivable tiene cierta entidad, pero hay niveles de objetivación; el lenguaje, por ejemplo, puede denominar algo y este algo puede no existir por fuera de esta utilidad objetivadora, como cuando se menciona a Dios y a su idea, a su significado; claro, esto se podrá discutir, pero ésta es una creencia útil. Hay que preguntarse hasta qué punto una utilidad es beneficiosa, lo es en cierto grado porque sirve para algo, aunque esto no exista más que como una idea y lo que está sirviendo para algo cumple una función tangible: son las mentiras funcionales y están determinadas por la subjetividad personal y la subjetividad compartida socio-cultural.
Nos podremos preguntar si
más allá del valor de esta entidad, esta función tendría, lo que llamaré, una
inmanencia productiva, que es presa de una estructuración y hay que ver hasta
qué punto esta estructuración depende del ambiente, del contexto. Lo productivo
sería lo que hacemos nosotros con la idea, con el signo, por ejemplo, con Dios.
Y la inmanencia hay que analizar si se encuentra de por sí en la función, quizá
nos estamos refiriendo a algo distinto a lo aparente, a lo intencionado: quizá
otro signo cumple en otra subjetividad la misma función o el mismo efecto.
Hay una reciprocidad
contextual que es estar en un ambiente de ciertas dependencias y de rotundas
fijaciones en la psique. La cultura es creación constante, y hay distintos
tipos de elementos culturales, algunos
que estructuran la realidad social y otros que no tanto, pero hay que tener en
cuenta que el solo hecho del libre albedrío y de las capacidades creativas que
afloran (más allá de lo artístico) son cruciales, ya que el mismo motor mental
que crea cultura es una reproducción de la idosincracia que es general. Varían
las formas todo el tiempo, más allá de las tipificaciones, pero el núcleo desde
el que nace la cultura es algo compartido que se autojustifica porque depende
de lo mismo desde un nivel inicial. Hay un desencadenante que nació del primer
vínculo con la madre y que se forja en la evolución del sujeto en los primeros
años sobre todo.
Hay que preguntarse si
alguien y sus circunstancias y su misma naturaleza con sus acciones tiene valor
dentro de los valores prefijados por el sistema, con todo lo establecido,
permitido, previsto o determinado o si hay un más allá del contexto. Cada
individuo reaccionará de manera distinta ante los estímulos hasta cierto punto.
Hay gradaciones y tipos de reacciones o respuestas; hay actividades que hacen
muchos y de las que se produce lo mismo, hay actividades que hacen muchos y
producen algo que se distingue en cada caso, como en el arte (y esto es
discutible). Claro, esto, si nos fijamos en cierto valor social de lo producido. Cada sujeto tiene una predisposición con la que viene al mundo,
pero también hay detonantes del ambiente que hacen surgir una u otra faceta.
Seguramente, la relevancia que le damos a algo sí está regulada por estas
predisposiciones.
Concluiré con una idea: todos los valores de la sociedad, que algo sea más importante que otra cosa, que se le de más valor a una persona y no a otra, son creencias. Pero que exista una creencia no significa que no tenga un determinismo natural o incluso una tendencia nacida de lo biológico. Que se le de más peso a las personas que aparecen en los medios que a otras está basado en una creencia y es una valoración. Y esto es usado por los poderosos, ellos deciden a quién se valorará más decidiendo quién sale en los medios. Pero de por sí la fama nace de una tendencia que surge de valores determinados por lo biológico que regulan el comportamiento y la mente y a que a lo largo de la historia han creado desde sociedades hasta obras de arte.
